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miércoles, 16 de febrero de 2011

Bip, bip

Mis amigos me preguntan por qué, de todas las disciplinas que componen el tiro con arco, he elegido el tiro en bosque (cierta sensibilidad quijotesca me impide la caza). Y, ciertamente, siento pudor en explicar algo que sale muy hondo de mi esencia de persona, de mi naturaleza.

Vivimos en un mundo “bip, bip” –póngase el tono que se quiera-, nuestro teléfono móvil suena con un “bip, bip”, el semáforo que vamos a cruzar, “bip, bip”, si no nos ponemos el cinturón de seguridad en el coche, “bip, bip”, la maquinaria que empaqueta nuestros alimentos, “bip, bip”, incluso si la Guardia Civil nos hace la prueba de la alcoholemia, “bip, bip”; todo se mueve, nos avisa, se comunica con nosotros con un “bip, bip”.

Yo me imagino sentado sobre una roca, en la ladera de una cima aún fría y húmeda por la noche; sintiendo como la niebla oculta los árboles que definen el claro del bosque donde estoy, sintiendo como el jabalí controla mis movimientos en defensa de sus jabatos, cómo el venado me mira tembloroso y el lobo hambriento estudia mis debilidades. La niebla trepa ladera arriba, mientras la campana de la Iglesia de un pueblo cercano (por puro romanticismo diré que esto no me suena “bip, bip”), toca “difuntos”. De repente la niebla muestra el sol y, este, calienta mi cara y seca mis huesos, lo miro con ojos entornados y alma abierta, y me incorporo, levanto mi arco y lo saludo. El jabalí retrocede, el venado corre espantado, el lobo baja su cuerpo tembloroso. ¡Soy arquero!

lunes, 7 de febrero de 2011

De la caza y de los cazadores

Con el progreso de la humanidad, nos enfrentamos a nuestra originaria naturaleza desde una perspectiva evolucionada hacia unos parámetros que en nada tienen que ver con el orbe natural. Un orbe que tiene unas reglas muy sencillas pero muy arraigadas en todos sus componentes.

Hemos creado nuestra propia industria textil a espaldas de la naturaleza. También a espaldas de la naturaleza la industria alimentaria, y la farmacéutica y todas las demás; todas y cada una de esas industrias que el resto de las especies que componen la naturaleza la formalizan dentro de esa misma naturaleza. Pero, además, hemos creado otras industrias que nos han segregado más aún de esas especies naturales.

Hemos dejado de ser animales por cuanto que no nos ceñimos a muchas de las reglas, de esas reglas primigenias, que conforman la esencia natural, y utilizamos el hábitat exclusivamente como una estructura para el asentamiento. ¿Seremos dioses?, ¿por qué no, si nada tenemos que ver con la naturaleza y algunos dicen que hemos sido creados a imagen y semejanza de uno superior?. ¿O seremos el cáncer de Dios, capaz de destruirle a Él y a su obra?. ¡Me haría mucha gracia la cara de idiotas que se les iba a quedar a tanto teísta vanidoso!.

Los seres humanos ya no nos proveemos por nuestros propios medios a nosotros mismo y a nuestra familia, o como mucho a nuestra comunidad directa, de alimentos, de abrigos, de viviendas, etc.. Ya no tiene que salir al campo acechar una pieza y abatirla. Difícil, trabajosamente. No lo necesitamos. Vamos al supermercado y compramos una pieza de algo que se llama carne, de algo que se llama abrigo.

El año pasado visité en una aldea de Lugo una vaquería. Un sitio dónde se hacinaban las reses en condiciones higiénicas perseguidas pero no conseguidas. A mí, que mi sensibilidad con los seres vivos me ha hecho repetirme que los filetes son unas cosas rojas que crecen en la cámara frigorífica del carnicero del pueblo donde vivo, me contaron que la vaca produciría tres o cuatro terneros, la leche que esa circunstancia produciría y la carne que luego la arrancarían -¡Joder!-. Luego fui a ver a los ternerillos nacidos el día anterior. Eran machos. Uno de ellos jugaba conmigo escondiéndose tras un trotecillo en su cajón, sacando su cabeza para cerciorarse de que le hacía caso y saliendo al corralillo mirándome con sus ojos profundos y felices de ver un mundo de colores. Yo sabía que al día siguiente iba a ser sacrificado. También, hace dos años, todos supimos como los indisciplinados japoneses esquilmaban sus mares con la caza de la ballena, esos mamíferos inteligentes y con sentimientos, en defensa de su industria pesquera. ¿Y los cambios de alimentación en los carroñeros gracias a nuestra política sanitaria?. ¿Y los cambios en nuestro ecosistema en base a la proliferación urbanística?. ¿Sigo?.

Yo no soy cazador. Yo tengo la sensibilidad, o sensiblería, típica del hombre y de la mujer de ciudad. Hiere mi sensibilidad el pánico que se le produce a la res asediada en el monte, escondiéndose en el zarzal, saltando por los riscos mientras huye del depredador invatible, volando entre acantilados forzando su cuerpo en la huida. No me gusta manchar de sangre mis polainas, no me gusta perturbar a los animales que castigan los campos de labor. Mi despensa es la industria y la industria no tiene nada que ver con los animales. No, no soy cazador, soy un dios, un horrible y destructivo dios.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

La invención del arco

“Morgan fue el primeror que con conocimiento de causa trató de introducir un orden preciso en la prehistoria de la humanidad, y su clasificación permanecerá sin duda en vigor hasta que una riqueza de datos mucho más considerable no obligue a modificarla.


»De las tres épocas principales -salvajismo, barbarie, civilización-sólo se ocupa, naturalmente, de las dos primeras y del paso a la tercera. Subdivide cada una de estas dos estapas en los estadios inferior, medio y superior, según los progresos obtenidos en la producción de los medios de existencia, …

» Estadio superior [del Salvajismo]. Comienza con la invención del arco y la flecha, gracias a los cuales llega la caza a ser un alimento regular, y el cazar, una de las ocupaciones normales. El arco, la cuerda y la flecha forman ya un instrumento muy complejo, cuya invención supone larga experiencia acumulada y facultades mentales desarrolladas, así como el conocimiento simultáneo de otros muchos inventos. […]El arco y la flecha fueron para el estadio salvaje lo que la espada de hierro para la barbarie y el arma de fuego para la civilización: el arma decisiva.”

Friedrich Engels:
EL ORIGEN DE LA FAMILIA, LA PROPIEDAD PRIVADA Y EL ESTADO

El Camino del Arco

Una vez más he terminado de leer el libro de Pablo Coelho “El Camino del Arco”. Una vez más me ha acompañado en mi propio camino, y lo ha hecho por dos razones, una porque yo también soy arquero, y otra, porque también soy un ser humano sometido a los avatares que la vida interpone en ese camino. Coelho utiliza al arquero y el camino del arco para hablarnos, a todos, sobre el camino de la vida; de nuestra vida, de su vida.


Sin embargo hay personas que no son capaces de comprenderlo, porque no son capaces de llegar a esa abstracción de la que sacar conclusiones más allá de un enunciado sistemático; pero, además, hay arqueros que tampoco saben extrapolar su propio camino del arco, vagando por un hipotético arte sólo posible tras asumir dogmáticamente la filosofía del Kyudo, la cultura nipona y la supuesta sensibilidad erudita de la órbita rural japonesa.

Espero que no se me mal interprete y se me acuse de segregar a aquellos que ven en el Kyudo un arte, o una filosofía, o lo que quieran ver; cada uno es muy dueño de sensibilizarse con lo que le de la gana, estaría bueno. Sólo pido un poco de comprensión para aquellos otros arqueros, entre los que me encuentro, que buscan en el arco algo más que atravesar el “amarillo” y algo menos que levitar en la línea de lanzamiento. Y lo quiero así porque soy una persona de verdades, verdades como mi cultura occidental, mis valores, mis estímulos y mis arcos también occidentales.

Respeto el Kyudo como es, porque sé que el Kyudo me respeta a mí como soy.

martes, 24 de marzo de 2009

¡Yo soy arquero!


Amo los bosques. En otoño, por los colores, en primavera por los olores, en verano por la luz, en invierno por el silencio. Amo cada rincón de los bosques. Amo la naturaleza.

Por la niebla que trepa por las colinas.
Por el eco en las paredes de la quebrada.
Por el fío en la cara y el viento que mece los trigales.
Por el silbido del cuervo desafiando el precipicio.
Por el estruendo del río que nace y su paz al morir.
Por el musgo empapado.
Por el jabalí que orza entre castaños.
Por la berrido del corzo llamando a su compañera.
Por el tañido de la campana que en el valle sosiega el alma.
Por el piélago nevado encuadrado en azul celeste.
Por el sonido de la lluvia bajo las copas de los robles.
Por la vida y por su compañera.
¡Su compañera!.

Por mi padre.
Por el padre de mi padre y por el padre del padre de mi padre.
Por todos mis antepasados a los que estoy unido por la cuerda que une las palas de mi arco.
Por las leyendas arcanas que cuentan los viejos a la luz del fuego.
Por las madres lavando sus retoños en palanganas de cinc.
Por la ropa tendida al sol.
Por los armarios que huelen a manzana.

Enterrado entre hojarasca y espinosos matorrales, oculto entre la copa del roble o desperezándome entre rocas en la quebrada, veo como el sol abandona su lecho en las montañas del horizonte.
Levanto mi arma y le saludo:
¡Yo soy arquero!.