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domingo, 16 de octubre de 2016

El Forestal

               


 Me gustaría decir que es un paseo maravilloso, me gustaría decir que es un cobijo reparador, que me llenaría de felicidad, de sosiego. Me gustaría decir que por sus senderos vivo horas sumido en reflexiones, imaginando cuentos para mis nietos o charlando en preciada compañía. Pero no. Otra vez estoy aquí como quien visita a un amigo enfermo del que intuyes un final largo y trágico.
                A los pies de un pequeño castillo pulcramente cuidado, y separado de él por un pinar, quisiera haberme adentrado en el Forestal de Villaviciosa de Odón, como se hubiera adentrado un niño en una juguetería: con ánimo de aventurero, con ilusión infantil, sabiendo que la visita no iba a ser baldía. Que distinto a la visita caritativa que se hace al amigo en el lecho del dolor.
                He venido al Paseo de los Alcornoques. Una parte del hábitat que pudiera ser mi preferida si no existiesen otras de cumplida estampa, y si no se me desgarrase el alma en mi negativo peritaje. He venido huyendo del calor del estío madrileño, buscando la parada que ordenadamente me permita la valoración crítica. Ahora mis sentidos están atentos al entorno, como el médico atiende al metrónomo humano con su frío estetoscopio.
                Es el sustantivo paseo burlesca calidad de lo que nuestra imaginación pudiera sugerir. Camino, eso sí, de tierra prensada abandonado al tiempo y a los temporales que aventura farragosos paseos invernales. Flanqueado a la izquierda por taludes inestables que mueren en profunda cuneta que no lo es tanto al ser vertedero de restos botánicos, piedras o canalizaciones de obra civil que hacen difícil su función. Por el margen derecho me alerta la escarpada ladera de diversa e incongruente constitución arbórea, que viene a morir en el Arroyo de la Madre del que toma patrón y referencia en su sinuoso trazado.
                Es el Arroyo de la Madre arteria vital del Forestal, pues gracias a él trasportan las distintas especies los nutrientes necesarios para su vida. Por ello me paró en su análisis, aunque no vea sino el canal arenoso por el que hace casi cuatro décadas corría agua abundante y en el que ahora fructifican especies que fundan su existencia en filtrados cloacales.
                Levanto la vista y me fijo en los árboles que ya dije flanqueaban el camino. La mayoría de ellos están tocados de una muerte que aflora en sus ápices y ramas más altas, semejantes, en su forma, a sombrillas sin tela que dan una nota fantasmal al camino; otros muestran sus heridas de color marrón en la punta de las hojas incompatibles con el verdor de su clorofila; otros son víctimas de la hiedra asesina que poco a poco les fagocitará; todos calzan sus raíces de un mar de gramíneas, posibles cómplices de despreocupados ignorantes o malvados pirómanos.
                De sus copas, otra hora altavoces de mil melodías, apenas si llega el martilleo de un pico pica pinos, certificando, en su afán alimenticio, la muerte del árbol. Un poco más allá quizás oiga algún mirlo o algún gorrión que viniera huyendo del calor; quizás también vea el paso ágil de la andarina lavandera. Más allá, en el Senderillo de los Conejos, pudiera ser que alertara los pasos inocentes de esos animalillos inocentes.  Pero todo ello no será sino casual, efímero.
Al fondo, donde el sinuoso camino reaparece de su interrumpida perspectiva, veo un puente estudiadamente ornamental, improcedente de un ámbito medioambiental natural, maltratado por el tiempo, los vándalos y la dejación de las autoridades que recibieron la responsabilidad de su cuidado. Su naturaleza de madera, muestra las cicatrices palmarias de una sociedad que vive a espaldas a ese trocito de mundo que podría indicar cual es el lugar de los humanos en su entorno, pero que por vanidad, por soberbia y por egoísmo pretendemos desautorizar y reinventar.  

Qué pena que esta escuela de vida vaya a sustituirse, tarde o temprano, por un mausoleo.

viernes, 7 de octubre de 2016

La charca


La humedad me calaba hasta los huesos, y en ellos encontraba cobijo el frío. No me importó, me encontraba donde quería estar: ante un mundo mágico, mi mundo mágico. Allí, todo lo que hacía un momento me rodeaba, era baladí: mi trabajo, mis miedos, mis prejuicios, mis reflexiones, mi activismo... Todo se desvanecía en los tonos cálidos, velados por la lluvia, de aquella charca viva en su propia putrefacción. Entre aquel follaje decadente que, aun así, me invitaba a tumbarme, a esconderme de todo aquello que me obsesionaba: entre aquellas ramas de árboles semejantes a descarnadas falanges de fantasmas complacientes que me brindaban protección, frente aquellas aguas grises, fiel espejo de un cielo sereno, dominante, donante de gotas que acariciaban mi cara y mis manos. No muy lejos de algún sitio ignoto donde el graznido del cuervo me hablaba de liberarme de todo aquello que me atribulaba, que me consumía.

¡Quién pudiera volver allí!. Pero no. Alguien quiso hacer una carretera, o una gasolinera, o una urbanización elitista; ¡vaya usted a saber!. Y yo nunca pude volver a aquella charca y tuve que buscar otros escondites, otros fantasmas complacientes, otras caricias, otro amigo que me hablase de libertad. Buscar otro lugar decadente que albergara mi propia decadencia.

martes, 2 de septiembre de 2014

Mis libros


Somnoliento, abstraído en elucubraciones imaginativas, voy en el autobús junto a otros a los que no les llamaré compañeros, o si lo hago sólo lo son de traslado, que sin quererlo, ni ellos ni yo, me acompañan. Muchos se dejan llevar, ajenos a los que les rodea, leyendo en esos cacharritos electrónicos, en los que se reproduce un texto albergado en un archivo informático, que siendo cadena de ceros y unos, se tornan palabras como si de una máquina criptográfica se tratara. Lo llaman ebook, la mayoría sin saber lo que significa ni la “e” ni el “book” y otros, quizás los que en algo respetan el idioma con el que nacieron, “libro electrónico”.

Los hay, lectores hablo, que son capaces de desalojar toda su biblioteca porque, según les parece, es suficiente librería la que se halla en Internet, ellos la llaman “nube”, y cuando quieren, “bajan”, al aparatejo en cuestión, el archivo codificado que luego se trasformará en un presunto libro. También merecen mención los que retóricamente preguntan: “¿Es que no pone lo mismo, el libro de papel que el electrónico?

Todos ellos, o la mayoría, no son de menguada inteligencia o nula sensibilidad, que parece que la crítica lleva implícito el descrédito, y jamás pecaría de tamaña presunción, pues la opinión por ser contraria no ha de dejar de ser respetada.

El caso es que yo me eduqué a leer pertrechado de lápiz y diccionario, que ya es demasiada carga para llevarla de equipaje en el autobús, aunque, en este caso, si veo cumplido Internet para consulta al diccionario de nuestra Real Academia.  En los márgenes del libro apunto palabras ignoradas, señalo citas o apunto reflexiones. Así lo hicieron antes que yo mi padre y el padre de mi padre, siendo, per se, herramienta vehicular con mis antecesores estas notas y reflexiones, pues aún cuando a mi abuelo no conocí y a mi padre poco, sí los reconozco en estas notas y en los títulos que ellos, antes que yo, leyeron. Y así espero que mi hijo, hija o ambos, lo hagan, y lo repitan sus hijos, y así sucesivamente, estableciéndose una cadena superior a la del recuerdo óptico o sentimental, estableciéndose así, algo parecido a la inmortalidad.

No sólo eso. Un libro es un recuerdo que se prende en la historia personal del lector. Esa tarde de lectura en el banco de un parque en la que metió una hoja de roble, que por ser pequeñas son las más preciadas, o un trébol, o una humilde margarita. El pañuelo de bolsillo de una adolescente que, dentro de la adolescencia masculina, brillaba especialmente; el billete de metro de una capital de un país extranjero, o ese poema que la madre dejó prendido entre los de Bécquer. 

A mí me gustan los libros viejos porque cuentan una historia escrita y otra, u otras, intangibles. Hace tiempo, por ejemplo, me regalaron un libro de cuentos decimonónico en francés, menciono el idioma no por presunción, sino por lo que me costó leerlo. Ya digo que leí algunos de los cuentos pero, mientras lo hacía, mi imaginación vagaba por un escenario diferente, el de un dormitorio con olor espeso donde una niña, recostada en su lecho, enfermiza, pálida, tosía casi constantemente ante la angustia de su padre ya mayor, lector amoroso e incondicional de su bien más preciado que ocultaba sus lágrimas tras el libro como oculta quedaba la lluvia parisina tras las cortinas de la buhardilla en un suburvio de París. Y esa historia que surgió en mi imaginación era tan hermosa como las que estaba leyendo. Aquel volumen de naturaleza que mi abuelo conservaba, tesoro de algún naturista que, en su momento, vagó por campos y mares, aquellos volúmenes de la conquista del Polo Norte, mis historietas de Tintín que me habrieron el mundo de la imaginación; y otros más que, ahora, no vienen a cuento o que, viniendo, alargarían en exceso el relato.

Ya sé que todo es efímero, todo pasa, todo muere, nada es inviolable y nada es eterno ¿Por qué habría de serlo? Ya sé que el día a día nos mueve por viales vertiginosos, poco compatibles con sensiblerías empíricas, y que la imaginación no es rival para la competitividad de esta sociedad. Necesitamos progresar porque en el progreso está nuestro desarrollo. Pero a mí, en el rincón sombrío de mi modesta personalidad, sólo me queda ser un poco tahúr y guardarme un as en la manga: mis libros.

lunes, 16 de junio de 2014

Una por una es una ...


Dos por una, dos; dos por dos, cuatro… A mi lado la mujer recitaba, inconscientemente, la tabla de multiplicar con un soniquete lírico propio de aquella época. Era maestra y, claro, esas cosas ..., ya se sabe. Yo la miraba. Estábamos muy juntos en aquel gran, pero sobreocupado, ascensor de hospital público. 

Tres por dos, seis; tres por tres, nueve… Ella estaba postrada en la camilla que yo asía con mi mano. ¡Mi mano!, no sé si la tenía sucia, ni sé si la tenía limpia, no sé. Realmente no importaba, todo allí estaba sucio. Olía a orines no retenidos, quizás a heces, a sangre. Sangre encostrada en su cara, en sus brazos, en sus manos; en la sábana que la cubría, en el gurruño de ropa que a sus pies, alguien poco escrupuloso, o muy habituado, había dejado.

Cuatro por tres, doce; cuatro por cuatro, dieciséis... Alguien, no me acuerdo quien, me puso su mano en el hombro. Miré a no sé quien. El o ella miraba a la mujer con aire muy triste, muy preocupado. La mujer miraba, sin ver, al camillero, el camillero me miraba a mí. Círculo de miradas que encerraba todo un mundo. El único mundo existente.

Cinco por cuatro, veinte; cinco por cinco, veinticinco... Todo transcurría muy despacio. El ascensor no parecía llegar nunca, como si estuviésemos subiendo a un cuadragésimo piso en una ciudad cuya torre más alta, por aquel entonces, tenía treinta y siete. Quizás todos estuviésemos subiendo al cielo ese cielo en el que yo empezaba a dejar de creer. Momentos antes todo había sido completamente distinto, todo fue rapidez, velocidad. Encubiertos por la noche y por la lluvia, todo, semáforos, focos de coches, escaparates, pasaronn en estela. ¡Semáforos!. Semáforos en rojo obviados, ocultos tras la luces de la ambulancia, tras la alarma de la esperanza; esa que nunca se pierde pero siempre desaparece. De hospital en hospital. "Este hospital no le pertenece, no la podemos atender aquí, vayan a …"; "en este hospital no tenemos equipamiento suficiente vayan a …" Fuimos, y fuimos, y fuimos. A toda velocidad, en el coche, en las arterias de nuestro cuerpo, en nuestra mente, en nuestra angustia.

Seis por cinco, treinta; seis por seis, treinta y seis... La luz del ascensor era muy blanca, y el recubrimiento muy metálico, y la sábana muy blanca y la camilla muy metálica, y la bata del camillero muy blanca, tan blanca como la cara de aquella mujer, tan blanca como mi mente en aquel momento.

Siete por seis, cuarenta y dos; siete por siete cuarenta y nueve... ¿Existía una lógica?, ¿existía una razón?, ¿existían las probabilidades?, no, no existían. Tampoco existía Dios. Yo estaba solo en aquel ascensor, dudo incluso que estuviese la mujer, que olía ya a muerte. ¡Muerte!. La misma que un año antes había venido de visita a mi casa y se llevó al hombre. La muerte que volvía. La muerte siempre vuelve.

Ocho por ocho, sesenta y cuatro; ocho por nueve, setenta y dos... Me volví hacia mis recuerdos. Recuerdos de sonrisas, de besos, de abrazos; y de riñas, y de tirones de flequillo. Olor a colonia, a jazmín, a limpio; y a guisos, a fresas y castañas asadas. Ruido de tacones contra la acera y, como no, más de un piropo. Y lágrimas; sí, también lágrimas. Las mujeres son mucho de llorar. Recuerdos de una mujer aún viva, de mujer de los años sesenta.

Nueve por nueve, ochenta y uno; nueve por diez, noventa... Que distintos a los recuerdos de hombre; bromas, recomendaciones atrevidas, varoniles, competitivas. Ausencias, presencias y ausencias. Traje, de chaqueta y portafolios, de caza y arma bajo el brazo, seducción varonil. Olor a gasolina, a sangre o a colonia cara, ¡ah!, y por supuesto  a tabaco. Sí, Winston. "Bájate a por dos cajetillas hijo y cómprate un sobre de soldaditos, ¡anda!". También se sabe que los hombres somos mucho de hacer llorar. Recuerdos de hombre ya muerto.

Cien por una, cien... Suena un timbre, como un clarín, como una sirena, como una petardo. Las puertas del ascensor se abren. El camillero sin previo aviso empuja la camilla fuera y yo me siento impulsado por el brusco movimiento, por el brusco timbrazo, impelido hacia fuera del elevador, de mi propia abstracción. Me falta aire, me sobra miedo.  "De aquí no pueden pasar. Esperen aquí". "Adiós mamá. Te quiero". O quizás, no. Quizás no dije nada y mi silencio se perdió en la eternidad.

lunes, 24 de marzo de 2014

La hormiga


Miro el papel en blanco que está delante de mí. Raro en mí, me pongo a escribir sin saber sobre qué.

Ese pequeño párrafo se me antoja como las huellas de una hormiga sobre un suelo blanco, inmaculado, que mancha con sus patas sucias de tinta negra.

            Hoy es mi cumpleaños. Cincuenta y ocho años. Mis hijos levantan el vuelo del nido. Tengo un trabajo que aborrezco, otro que me aburre, una asociación de fotografía que no funciona, otra de ecologistas a la que no hago caso, una agrupación política que me decepciona, una nueva asociación sobre un trozo del pueblo – el Forestal- donde vivo que no me motiva, peso ciento cuatro kilos, diabetes e hipertensión. ¡Ah!. Y, encima me pica una teta.  

            ¡Joder con la puta hormiga! ¡Ya podría ir a manchar otra cuartilla!

            Ayer murió Adolfo Suárez. ¡Ese lo tiene más chungo que yo!.  Todo son loas hacia el Sr. Suárez –o Duque de Suárez- No tengo nada en común con él. Ni ideológica ni socialmente, y se me antoja que tampoco nuestras personalidades tienen nada en común. Hizo un papel en este País que independientemente de la motivación, le vino bien a los españoles. ¡Gracias por ello!.

¿Loas?. Sí, loas. Pero las loas no se hacen a las personas. Es decir, a esas que por las mañanas se levantan despeinados, salen corriendo al water con dolor de tripa, lloran sus preocupaciones entre los pechos de su mujer revestida del papel embaucador de madre. No. Las loas se hacen al personaje. Personaje pulcramente peinado, impecablemente vestido, subido en un pedestal que ni a él, ni a nadie, le corresponde.

“Polvo eres y en polvo te convertirás”. ¿Esto tiene su chascarrillo, eh?. Pero, en serio. ¿Esto de vivir, tiene algún sentido?. No me extraña que algunos inventaran los dioses. Si hombre, por eso de que cuando te mueras habrá merecido la pena. ¡Que idiotas!. Yo ya tengo mi recompensa. A mí me ha valido la pena vivir: estoy junto a Elena.

Ayer celebramos mi cumpleaños con mi tía, mis hijos y sus parejas y “mi” Elena. Ni me acorde que había fincas que administrar ni ordenadores que arreglar. Me dio tiempo a subir un artículo a la página WEB del partido, me regalaron una nueva cámara de fotografía, se me ocurrió que debería ir al Forestal a estrenarla, me dí cuenta que sólo peso ciento cuatro kilos, me puse hasta arriba de tarta y me salté el régimen.

¡Que se joda la hormiga!

lunes, 14 de marzo de 2011

Adios Raksha

Casi once años. Once años de cariño, de compañía, de ternura. Nació el día de la República, murió el día que me presentaban en las listas de la candidatura para las elecciones municipales de 2011. Murió el 12 de marzo de 2011 y un trocito de mi vida murió con ella.

Tenía el nombre extraido de un personaje del libro de la selva, el de la loba que adoptó al niño, a Mowgli. Esa era su función en nuestra familia, rescatarnos con su cariño, con la ternura del cahorro.

Raksha era una perrita de raza, un golden retriever, un perro cariñoso, familiar, inteligentísimo. Y todo ello lo fue mi perra. Hoy, al despertarme no la he podido ver, ni darle su premio matutino por ser eso, cariñosa, familiar. Hoy he visto su foto y me hierve el pecho de dolor. Hoy ya no la voya acariciar su pelo de oro y plata.

Me cuesta trabajo decir que la compramos y también me cuesta decir que nosotros la adoptamos, porque fuera lo que fuera lo que hicieramos para estar en su compañía, ella nos quitó la honda herida que la muerte de otra perra, Kira, no dejo en el alma. Ahora le ha tocado a ella.

Vuelvo a sentir esa herida.

Cuando un ser querido muere, y Raksha era muy querida, cargas con su muerte porque vive en tu recuerdo sustituyendo a la mutua interacción cuando estaba viva. Así, poco a poco, vas cargando con más trozos de muerte que sustituyen los trozos de vida.

lunes, 7 de febrero de 2011

De la caza y de los cazadores

Con el progreso de la humanidad, nos enfrentamos a nuestra originaria naturaleza desde una perspectiva evolucionada hacia unos parámetros que en nada tienen que ver con el orbe natural. Un orbe que tiene unas reglas muy sencillas pero muy arraigadas en todos sus componentes.

Hemos creado nuestra propia industria textil a espaldas de la naturaleza. También a espaldas de la naturaleza la industria alimentaria, y la farmacéutica y todas las demás; todas y cada una de esas industrias que el resto de las especies que componen la naturaleza la formalizan dentro de esa misma naturaleza. Pero, además, hemos creado otras industrias que nos han segregado más aún de esas especies naturales.

Hemos dejado de ser animales por cuanto que no nos ceñimos a muchas de las reglas, de esas reglas primigenias, que conforman la esencia natural, y utilizamos el hábitat exclusivamente como una estructura para el asentamiento. ¿Seremos dioses?, ¿por qué no, si nada tenemos que ver con la naturaleza y algunos dicen que hemos sido creados a imagen y semejanza de uno superior?. ¿O seremos el cáncer de Dios, capaz de destruirle a Él y a su obra?. ¡Me haría mucha gracia la cara de idiotas que se les iba a quedar a tanto teísta vanidoso!.

Los seres humanos ya no nos proveemos por nuestros propios medios a nosotros mismo y a nuestra familia, o como mucho a nuestra comunidad directa, de alimentos, de abrigos, de viviendas, etc.. Ya no tiene que salir al campo acechar una pieza y abatirla. Difícil, trabajosamente. No lo necesitamos. Vamos al supermercado y compramos una pieza de algo que se llama carne, de algo que se llama abrigo.

El año pasado visité en una aldea de Lugo una vaquería. Un sitio dónde se hacinaban las reses en condiciones higiénicas perseguidas pero no conseguidas. A mí, que mi sensibilidad con los seres vivos me ha hecho repetirme que los filetes son unas cosas rojas que crecen en la cámara frigorífica del carnicero del pueblo donde vivo, me contaron que la vaca produciría tres o cuatro terneros, la leche que esa circunstancia produciría y la carne que luego la arrancarían -¡Joder!-. Luego fui a ver a los ternerillos nacidos el día anterior. Eran machos. Uno de ellos jugaba conmigo escondiéndose tras un trotecillo en su cajón, sacando su cabeza para cerciorarse de que le hacía caso y saliendo al corralillo mirándome con sus ojos profundos y felices de ver un mundo de colores. Yo sabía que al día siguiente iba a ser sacrificado. También, hace dos años, todos supimos como los indisciplinados japoneses esquilmaban sus mares con la caza de la ballena, esos mamíferos inteligentes y con sentimientos, en defensa de su industria pesquera. ¿Y los cambios de alimentación en los carroñeros gracias a nuestra política sanitaria?. ¿Y los cambios en nuestro ecosistema en base a la proliferación urbanística?. ¿Sigo?.

Yo no soy cazador. Yo tengo la sensibilidad, o sensiblería, típica del hombre y de la mujer de ciudad. Hiere mi sensibilidad el pánico que se le produce a la res asediada en el monte, escondiéndose en el zarzal, saltando por los riscos mientras huye del depredador invatible, volando entre acantilados forzando su cuerpo en la huida. No me gusta manchar de sangre mis polainas, no me gusta perturbar a los animales que castigan los campos de labor. Mi despensa es la industria y la industria no tiene nada que ver con los animales. No, no soy cazador, soy un dios, un horrible y destructivo dios.

martes, 13 de julio de 2010

Pichón

Vuelan los recuerdos sobre mi hogar. Vuela el alma. Vuela el pichón.

Fríos, van sucediéndose los recuerdos de cuando me toco a mí iniciar el vuelo. Cuando sentí el viento de la soledad aullando entre las plumas de mis alas antojándoseme música celestial, canto de sirenas. Cuando todo bajo de mí cobro otra perspectiva, otra referencia. Cuando quise atrapar la Libertad.

Aquel tiempo en el que conseguir mirar de tú a tú al resto de los adultos, con misericordia a aquellos que aún no habían llegado al momento de echar a volar, y con arrogancia a aquellos que ya habían volado, creía yo, excesivamente.

Me prometí, todos lo hemos hecho, ser distinto, hacer las cosas de otro modo, romper la uniformidad social, pero, sin embargo, me jactaba en ser parte de ella.

Tocaba mi turno de estructurar mi propia vida, y que esa vida fuese respetada como la del que más. De pronto me convertía en u ser experimentado, dueño de sí mismo, con coraje y mucha soberbia. Había llegado, creía yo, hasta el nivel social mas alto.

Ahora, un tanto cansado, sin presunción un tanto sabio, algo triste y con mucha ternura, veo desde lo alto de mi cielo a mi pichón. La veo como se prepara, como el instinto la lleva a hacer los primeros movimientos, a colocar las alas, a mirar el acantilado con veneración, al valle con arrogancia. Y la reconozco. Y me reconozco.

¡Adelante pichón!. Vuela. El viento está de tu parte, la altura es tu lugar y yo ... Yo volaré por tus venas.

jueves, 8 de julio de 2010

Disidente


Del otro lado, la cordura. Quizás la razón.
En todo lo que lleva en su mano, sólo creo yo.
Espectros nocturnos, los latidos del corazón.
Quien por luminarias lucha, suele caer sin honor

miércoles, 7 de julio de 2010

En frío


Espera a que el teclado esté frío, después ya le contarás tus secretos. Sí: así. Sujeto por la paciencia como sujetas al caballo por la crin. Sí. Así.


Cuando a tu lealtad se le enfrenta la objetividad, sujetas por la crin.

Cuando a tu comprensión le golpea la razón, sujetas por la crin.

Cuando a tu apoyo le exigen sumisión, sujetas por la crin.

Cuando tu ayuda se desilusiona por le rechazo, sujetas por la crin.


Y todo se va parando. Tu caballo, tu pulso, el paisaje, el viento. Todo


¡No!. Sueltas y metes tacón. Ya ha pasado. ¡Eres libre!. Todo queda atrás. Vuelves a cabalgar

martes, 4 de mayo de 2010

Hola de nuevo

Sé que hace mucho tiempo desistí de seguir con este cuaderno, como siempre por pereza, como siempre por hastío. Pero de vez en cuando aparece un revulsivo que me hace volver a este pequeño rincón trastocándolo, volviéndolo a reinventar.

Escribir es una necesidad, no es otra cosa. Muy pocas personas lo hacen perfectamente bien, y desde esas altas instancias el texto escrito se va deteriorando hasta el más ínfimo nivel. Sin embargo algo nos impulsa a hacerlo o, al menos a mí.

Ni soy ni pretendo ser un escritor ni tan siquiera mediocre, pero necesito escribir y que tú me leas.

Gracias.

martes, 24 de marzo de 2009

¡Yo soy arquero!


Amo los bosques. En otoño, por los colores, en primavera por los olores, en verano por la luz, en invierno por el silencio. Amo cada rincón de los bosques. Amo la naturaleza.

Por la niebla que trepa por las colinas.
Por el eco en las paredes de la quebrada.
Por el fío en la cara y el viento que mece los trigales.
Por el silbido del cuervo desafiando el precipicio.
Por el estruendo del río que nace y su paz al morir.
Por el musgo empapado.
Por el jabalí que orza entre castaños.
Por la berrido del corzo llamando a su compañera.
Por el tañido de la campana que en el valle sosiega el alma.
Por el piélago nevado encuadrado en azul celeste.
Por el sonido de la lluvia bajo las copas de los robles.
Por la vida y por su compañera.
¡Su compañera!.

Por mi padre.
Por el padre de mi padre y por el padre del padre de mi padre.
Por todos mis antepasados a los que estoy unido por la cuerda que une las palas de mi arco.
Por las leyendas arcanas que cuentan los viejos a la luz del fuego.
Por las madres lavando sus retoños en palanganas de cinc.
Por la ropa tendida al sol.
Por los armarios que huelen a manzana.

Enterrado entre hojarasca y espinosos matorrales, oculto entre la copa del roble o desperezándome entre rocas en la quebrada, veo como el sol abandona su lecho en las montañas del horizonte.
Levanto mi arma y le saludo:
¡Yo soy arquero!.

lunes, 15 de septiembre de 2008

El faro



¡Es mentira!. Es mentira que un faro señale el rumbo a seguir. Todo lo contrario, lo que señala es el lugar hacia donde no tienes que cerrar tu demora, porque está él y eso, per se, excluye tu presencia si tienes la manía de pretender que tus huesos se mantengan en su sitio. Por eso, quizás, a mí me gusten los faros.

Faro es un tipo muy vanidoso y mucho más aún bravucón; además, si nació en el norte mirando el océano, tiene un guiño a cuento de Poe. Pero yo, claro está, soy un romántico, y tiño con mi imaginación cuanto me rodea. Mucho más cuanto más lo desconozco.

A Faro le gustan los lugares altos, desde donde ver al resto de las criaturas de forma cenital. Le gusta retar al vértigo, pelearse con las olas y con los frentes, dejando muy claro que no existe fuerza capaz de hacerle retroceder un paso. Se ríe de la noche a la que ilumina y de la niebla a la que grita. Se siente deseado, por los que están allí, en el mar, y respetado por los que quedan aquí, en la tierra.

Los envidiosos de su fuerza y mañas, relegaron a Faro al rincón más lejano, más abrupto de todos los que encontraron. No sé, quizás por temor a que tan implacable fortaleza, su grandiosidad, su seguridad en sí mismo, reflejase lo fútil de sus paupérrimas personalidades. Allá lejos, sufrió la desafección de los apocados, de los débiles.

Y allí se encontró con Farero.

Farero es otro solitario, pero este vocacional. Marino sin mar, sin cabotaje y sin sextante, que las noches de luna llena, gusta de salir al balcón de la linterna y mirar el horizonte, empapándose en sal, empapándose de estrellas, empapándose de sueños en los que se le representa todo aquello que pudo ser, pero nunca será. Marino sin alma.

Taciturno, huraño, bajará la angosta escalera de caracol. Eterna escalera mellada por el paso del tiempo, que le aleja de aquella sal, de aquellas estrellas, del viento de poniente, de la bronca voz del mar cuando rompe en el acantilado. La casa, su casa, le devolverá a su mundo. Mundo de soledad, de libros releídos, de maquetas de barcos rehechas, de manuales manoseados, de cuadernillos de crucigramas, de cartas inacabadas a una mujer; cartas como él, sin alma. Una bombilla de sesenta vatios ilumina la estancia, camarote embarrancado que huele a mar y está en tierra. Encima de la mesa una emisora y un tablero de ajedrez sin fichas negras, ¿o son las blancas las que faltan?, son un puente hacia otro mundo, una sonda profunda, abisal.

El tercero en discordia, siempre cuando hay una discordia hay un tercero, es Lumbreras. Lumbreras es un trepa. Ya sabes, joven, agresivo, ejecutivo. Lumbreras no vence, convence. Expone con locuaz empatía lo bueno y lo malo, el progreso y la caducidad, pero siempre, y en eso se parecía a Faro, vanidoso como el que más. Se diferencia de Faro en que no es capaz de soñar, ni de pelearse, ni de chillarle a la niebla, ni de ponerle pecho a la rompiente. Además no para quieto, todo lo sabe y todo lo quiere. Pero sobre todo es envidioso.

Así que pasó lo que tenía que pasar. Las oposiciones a farero se extinguieron hace muchísimos años, creo recordar que hace veinticinco años de aquello, pero su muerte paso inadvertida para las personas que apenas sabían de su existencia, o vieron como algo natural el trueque por una computadora de uno de los personajes más románticos de los veinticinco siglos que compartió espacio con piratas, almirantes, náufragos, contrabandistas, sirenas y … , soñadores. Veinticinco siglos de sentirse observados con fruición, con desesperación, con recelo, acabaron gracias a Lumbreras que cambio faros por linternas, fareros por computadoras. Y ganó.

Nadie sabe si es que, en el primer faro que se construyó, metieron a un farero para que cuidara de la llama preventiva, e hiciera así servicio a la comunidad; o sea de mejor acierto pensar que, teniendo a mano un farero, hubieron de hacerle un faro para que, al menos, sirviera para algo semejante personaje. Fuere lo que fuese, aquella simbiosis murió a manos de un ser poco escrupuloso, incapaz de pensar que las olas hay que romperlas con el pecho, la oscuridad con un destello y la vida releyendo un viejo libro o mirando, cuando hay buena luna, a la mar.

miércoles, 16 de julio de 2008

Duendes


Dicen que no existen los duendes,
dicen que son seres de cuento;
si son seres inexistentes,
quién puede inventar los sueños.

martes, 15 de julio de 2008

Kyra

Nadie sabe lo que es perder a su perro hasta que no lo ha vivido. Incluso hay algunos que te acusan de mojigato. Pobres imbéciles que le dan un valor pragmático a los sentimientos cuando de sentimientos sólo entiende el corazón; y ese corazón es el que te hace ser un ser humano. Yo lloré, amigo mío, yo lloré; y creo que en cada lágrima que me resbalaba por el rostro por aquel animal, por mi perra, demostraba que era mejor persona que otros que vestían una sonrisa irónica. No sé si lo habré contado ya, porque el hilo es antiguo y no he mirado hacia atrás, perdonad si me repito. Recuerdo aquel Viernes Santo de 1998, recuerdo como acariciaba el cuerpo de Kyra que se había escondido de la Muerte en un rincón del jardín, dónde nunca calienta el sol al que ella se abandonaba, dónde núnca se posan las palomas que gustaba perseguir. Allí la encontré tumbada, con una respiración fuerte, sin moverse. Y yo la acaricié mientras la hablaba de nuestras cosas: de campos de espigas tiernas, de cielos azules, de ríos fríos, de la niebla y el olor a jara. Y yo la acariciaba mientras mis ojos se nublaban, mis manos temblaban y sentía poco a poco su respiración más fuerte, o más debil no lo sé, pero sentía que moría mientras ella sentía que yo la acariciaba, que la acompañaba en aquel paseo, el paseo. Y algunas veces, cuando las espigas estan tiernas, cuando el cielo de Castilla está despejado, cuando huelo a jara, miro a mi lado y mi recuerdo acaricia su lomo. Y ahora mismo, amigo mío, estoy llorando, porque la sigo acariciando. Porque las lágrimas vertidas por un ser querido, son caricias que se hacen con el alma.

Mi estilográfica

Os veo muy transcendentales. Y me alegro, me alegro porque sacáis mucho de vosotros mismos aquí y eso me permite conoceros mejor. Conoceros alejados de la fútil imagen que se da en un foro. Yo, la verdad es que soy muy tímido y las plataformas de prodigalidad personal son escenarios de los que siempre huyo, me tendréis que perdonar y aguantarme como soy. Hace ya algunas páginas alguien decía, o yo lo entendía al menos, que es bueno escribir aquí para que la gente pueda leer lo que pretendes comunicar. Sin embargo yo nunca escribí para nadie, ni siquiera mi familia conoce lo que escribo, o conoce muy poco de ello. Guardo en secreto lo que escribo, como el que ama guarda precavido el resultado de su amor, oculto a las miradas de aquellas personas que podrían ridiculizar, mal interpretar, incluso repudiar ese amor. La estilográfica es mi amante. Esa amante de la que estás enamorado, no de la que publicitas en una barra de bar, presuntuoso y abyecto machurrón de tres al cuarto. Yo le cuento a ella mis cosas, mis problemas; ella me los replantea, me los presenta desde otros ángulos y así me reconforta y me ayuda. Cuando lloro, ella me presta sus lágrimas azules, cuando río ella me presta la carcajada de sus renglones, cuando amo ella me presta la voluptuosidad de su letra. Nuestra casa es una mesa de roble con vistas a las librerías que nos circundan, calida y oculta. La luz del flexo que ambienta nuestro hogar es azul como su tinta, calida como su palillero, algunas veces hiriente como su plumín. Nuestro lecho es una hoja gruesa, de buen peso, como las camas con dosel de los príncipes y princesas que hemos rescatado de los libros de mi infancia, de esa infancia que pase con un palillero, un plumín y un frasco de tinta en la mano. ¡Mi infancia!. Mi infancia es un recuerdo de … una interminable novela de Tarzán en el que le hacía viajar por selvas de iban desde el Congo hasta Ruanda pasando por Sudáfrica en una semana como mucho; ¡esos sí que eran ser héroe y no lo que hay ahora, coño!. Héroes sacados de las estanterías de la zona infantil de la biblioteca de la calle Marcenado de Madrid, aquella biblioteca oscura, de tarima de madera por la que los héroes, piratas, caballeros y vaqueros se entretenían en contarse sus vivencias anacrónicas cuando salía por la puerta la bibliotecaria, adusta y harta de su mezquina vida. Héroes sacados de los estantes de las dos librerías familiares que luchaban por sobrevivir, por contar sus vidas, a un mundo al que le importaban tres pimientos sus aventuras. Recuerdo mi primera estilográfica: una Parker. Bella, sensual, con su plumín oculto; su émbolo en sístole burbujeante de fluidos azules, o negros perdonad mi debilidad cromática. No recuerdo si me excité, la verdad, pero me di cuenta que algo había cambiado. Algo me atraía. Y es que hasta entonces había escrito con palillero, un palillero, mientras que ahora lo haría con una pluma. ¡Joder con la pubertad incipiente!. Y es que las medias de cristal con costura, los zapatos de tacón, los vestidos de vuelo, los brazos desnudos, en resumidas cuentas, La Pluma, ejercían un canto de sirenas con una competencia desleal con los hasta ahora faros de mi admiración: sombrero de ala ancha, chaqueta cruzada, bigotito, pantalón con dobladillo externo, El Plumín. Como veis todo lo que rodea mi escritura es algo muy íntimo y yo muy mirado para las cosas del amor.

miércoles, 2 de julio de 2008

Kyra

Nadie sabe lo que es perder a su perro hasta que no lo ha vivido. Incluso hay algunos que te acusan de mojigato. Pobres imbéciles que le dan un valor pragmático a los sentimientos cuando de sentimientos sólo entiende el corazón; y ese corazón es el que te hace ser un ser humano.

Yo lloré, amigo mío, yo lloré; y creo que en cada lágrima que me resbalaba por el rostro por aquel animal, por mi perra, demostraba que era mejor persona que otros que vestían una sonrisa irónica.

Recuerdo aquel Viernes Santo de 1998, recuerdo como acariciaba el cuerpo de Kyra que se había escondido de la Muerte en un rincón del jardín, dónde nunca calienta el sol al que ella se abandonaba, dónde núnca se posan las palomas que gustaba perseguir. Allí la encontré tumbada, con una respiración fuerte, sin moverse. Y yo la acaricié mientras la hablaba de nuestras cosas: de campos de espigas tiernas, de cielos azules, de ríos fríos, de la niebla y el olor a jara. Y yo la acariciaba mientras mis ojos se nublaban, mis manos temblaban y sentía poco a poco su respiración más fuerte, o más debil no lo sé, pero sentía que moría mientras ella sentía que yo la acariciaba, que la acompañaba en aquel paseo, el paseo.

Y algunas veces, cuando las espigas estan tiernas, cuando el cielo de Castilla está despejado, cuando huelo a jara, miro a mi lado y mi recuerdo acaricia su lomo. Y ahora mismo, amigo mío, estoy llorando, porque la sigo acariciando. Porque las lágrimas vertidas por un ser querido, son caricias que se hacen con el alma.

domingo, 13 de enero de 2008

Carretera

Aún quedan carreteras en Castilla, y en muchos otros sitios de los que en ésta crónica no voy a hablar, de las llamadas locales, que serpentean entre lomas y cortantes, atraviesan arroyos paupérrimos de aguas cristalinas o caudalosos ríos de aguas pintadas de tierra, huertas frescas de dulces aromas o eriales casi yermos, bosques frondosos de altos pinos o plácidas dehesas donde rumia el toro de lidia. Sí, aún quedan. Escondidas, solitarias, serenas.
Ellas son mis favoritas y no las que te llevan o te traen, ni las que te definen un camino a seguir, ni las que te abstraen del entorno, ni las que te hacen el viaje más corto, sin complicaciones, a base de carriles, viaductos, peajes y otras lindezas del desarrollo de infraestructuras.
No, las carreteras que yo digo son una pincelada más del paisaje en el que te mecen con sus curvas, son las que te susurra con sonido de grava, son las que coquetean con sus claros y sombras, las que te sorprenden tras una curva, las que te hacen vivir la carretera con sensibilidad de artista, de filósofo.
Algunas decoradas con olmos alegres y vistosos en verano, tristes y arropados de paisaje en invierno; olmos festivos que en primavera lanzan al viajero confeti blanco, sedoso, voluble; olmos tristes en otoño que envían notas de despedidas ásperas, pesadas; en el día, proyección de un “allá”, en la noche, arropadores en la conciliación íntima del entorno más inmediato.
Carreteras, caminos de viajeros, caminos vivos.

jueves, 15 de marzo de 2007

Nidos de muerte



Cuando se sale de Villaviciosa de Odón por la M-501, salimos definitivamente del mundo urbano de Madrid. Es por tanto una de sus puertas, sucesora de aquellas tan famosas en este país, y fuera de él, como la de Alcalá o la de Sol, o aquellas que lo son menos como la de Lauapiog (Lavapiés), la de los Poços de la Nieue o la de la Vecva, alguna inclusoo queda emparentada con esta hipotética de Villaviciosa como la Puerta de la Pvuente que salía de la ciudad por la calle Segovia para tomar el camino de Móstoles. Puertas que tan hermosamente fueron descritas en planos topográficos, obras literarias, lienzos pictóricos.
Esta puerta, que ahora bautizo como La Puerta de los Pantanos, se ubica exactamente en la rotonda que gestiona el cruce de la carretera M-856 con la M-501 y debería de ser tratada con la sensibilidad que se merece, siendo engalanada como su posición exige, la cual es patente pues se terminan definitivamente los núcleos industriales, las grandes carreteras, las rotondas, las pasarelas de cruce, los grandes núcleos urbanos; para dar paso a los cotos de caza, las dehesas, los campos de cultivo, las reservas naturales.
Este límite de hábitat tan tajante, a mí, además de admiración me producen un poquito de aprensión, pues yo, que soy urbanitas –vivo en Villaviciosa de Odón a la que considero un barrio de Madrid, el último geográficamente- lo percibo con la misma sensación que la que me producen las películas de ciencia ficción cuando contraponen un mundo, el propio, encerrado en una burbuja esterilizada, con otro exterior, natural, peligroso, desconocido, primitivo; esas películas en las que un joven rebelde huye, con la joven sumisa, del mundo ideal, alineado.
Salí, como tantas veces, a explorar aquel mundo ajeno, salí como salen los viajeros que realmente lo son, aquellos que portan como bagaje imprescindible la imaginación. Salí sin intención de llegar, sino con intención de estar, de fundirme en aquel entorno medio de sierra medio de valle, medio de luz medio de sombra; haciendo de la excursión el único protagonista de aquel momento. Coche descapotado, música de Paul Simon, …: aventura de una mañana de domingo.
Cruzo mi Puerta de los Pantanos tomando la carretera M-501 y, después de cruzar el puente que salva el río Guadarrama, me desvío hacia Brunete en el kilómetro 17 (ojo, porque, una vez abandonada la carretera general, en lugar de seguir al pueblo por la derecha, sigo recto en dirección a Navalcarnero - El Escorial hasta la rotonda, donde, ahora sí, tomo la desviación de Brunete-El Escorial (salida de la derecha).
Allí estaba, aquel volumen siniestro que hacia tiempo había llamado mi atención pero al que nunca había querido acercarme; aquel volumen que aún siendo tan notorio (existen muchos otros ocultos en las inmediaciones, en cotos privados, entre bosques o vaguadas de esa zona de Madrid), no dejó de sobresaltarme. Pequeño, gris, arrinconado junto al cercado de un chalet. Es algo que desentona de su entorno, como si fuese la otra cara de la moneda, el pájaro de mal agüero, el médium pétreo de la necromancia: es un nido de ametralladoras de la Guerra Civil Española, es un nido de muerte.
Siguiendo por esa carretera, la M-6000 dirección al Escorial, en el kilómetro 33, hay otros tres. Incluso más grandes. En ellos te puedes meter, sentir el hacinamiento, el miedo, la perplejidad, la angustia de personas que estaban allí porque allí las habían obligado a estar; lejos de los desfiles, flores, monumentos, vítores, risas y toda esa tramoya con la que los políticos, en connivencia con los militares, tapan la agonía de los hombres como yo, hombres de ahí abajo.

Allí podrás ver lo que otros vieron y algunos no tuvieron tiempo para recordar. Allí quedarás preñado de memoria histórica o de hitos nacionalistas. Yo me quedo con las lágrimas de la madre por el hijo que no vuelve, del hijo que no puede recordar, y ello le mortifica, el olor de su novia, de la novia que ve vacío el hueco de sus abrazos.
Los caminos son así, unos llenos de optimismo, otros de pesimismo, todos de vivencias.
Todo pasa y todo queda,
pero lo nuestro es pasar,
pasar haciendo caminos,
caminos sobre la mar.
Antonio Machado

martes, 4 de febrero de 2003

Mr. Hide

Mirando por la ventana, intentaba encontrar reflejado en las gotas de lluvia que tamizaban el verde paisaje, la forma de hacerse comprender por su interlocutor. En su interior sentía, a priori, el sabor de la incomprensión, incluso cuando hablaba con él, su mejor amigo, su único amigo. Él que era capaz de acompañarle aquella fría tarde de invierno en el salón de su pequeña casa de campo, lejos de todo el mundo, lejos incluso de él mismo.
- Yo no pinto. Ni óleo, ni acuarela, ni nada. ¡Es él!– comenzó tímidamente, desganado.
- ¿Él?
- Sí. El otro. El que vive incarnado dentro de mí. Mi propio Mr. Hide. ¡Es él!.
«Él vive encerrado en mi cuerpo, prisionero de mi voluntad, sin que tenga libertad física para realizarse como persona, como individuo libre, independiente. Sin embargo su sensibilidad vive intensa e incorpórea, como el sabor de los alimentos, como el olor de los niños.
«Sufre. Sufre mucho, intensamente, por una condena a perpetuidad que inexplicablemente padece. De vez en cuando se revela y exige salir al exterior, gritar sus derechos, exigir explicaciones del por qué el tiene que estar dentro y yo fuera; decir que se ahoga dentro de mí, que el también quiere ver ese bosque, oler la lluvia, sentir el calor de la chimenea, amar a una mujer; que tiene derecho a estar donde estoy yo: fuera. ¡Fuera!.
«Cuando su sufrimiento llega a un nivel inaguantable, chilla, pero no tiene voz; llora, pero no tiene lágrimas; blasfema, pero no tiene ningún dios. Pero yo sí siento en mi ánimo su dolor, sus lágrimas atenazan mi garganta, su increpaciones saturan mi conciencia. Entonces le regalo una estilográfica, una partitura de música o unos pinceles. Y el se vuelca visceralmente en una actividad arrolladora y absolutamente anárquica, sin conciencia de trabajo, metodología o estudio, sino con el solo objetivo de su propia comunicación, de su propia realización como persona.
«Así que no me hables sobre procedimiento de aprendizaje, talleres de pintura, o "pintura de cocina", no es ese ni mi problema, ni su interés. Yo sólo quiero tranquilizarle, él sólo quiere sentirse vivo.
La lluvia chocaba en los cristales, el aire movía los conos de los cipreses, un columpio oxidado chillaba su abandono. Humedad, frío, desaliento.
- ¿Y tú?. – le pregunto su amigo seriamente preocupado.
- ¿Yo?. Me quedo viendo el bosque, oliendo la lluvia, sintiendo el calor de la chimenea, amando a una mujer. Sentado en este sillón, junto a Mr. Hide, conteniéndole, carcelero de su espíritu, esperando. Esperando que un día él pueda sentir el bosque cuando lo vean mis ojos, la embriaguez con el olor de la lluvia, el confort con el calor del hogar, la pasión con el placer de mi piel.
Ambos se quedaron callados, sumidos en sus pensamientos, en sus desalientos, buscando en el brandy de sus copas un indicio, otra vida, quizás una tarde soleada . Al rato el anfitrión miro extrañado a su amigo, irreconocible en esos momentos, y le preguntó:
- ¿Y tú?. ¿Quién eres tú?.
- ¿Yo?. ¡¿Estás tonto?!. ¿No me conoces?. Soy tu cuerpo. Es decir, el cuerpo del cuerpo de tu Mr. Hide. Ya sabes, un cuerpo más de nuestra muñeca matioska.
El hombre se alteró bruscamente, sintiendo el pánico en cada rincón de su ser, apoyando todos los dedos de sus manos en su pecho, medio señalando, medio cobijándose.
Pero no puede ser. Yo tengo mi propio cuerpo, mi propia alma. Estoy viendo el bosque, el fuego en el hogar ....
El interlocutor levanto la mano displicentemente interrumpiendo bruscamente al hombre.
– ¡Estúpido presuntuoso!. Eso no es más que El Espejo. El diabólico espejo del guión de tu vida.